El diario de el paco

Su sitio no es este

Antes que nada quiero agradecer a los amigos de Tradición Digital su modesto regreso y la invitación que me hacen para colaborar en lo que pueda, cosa que haré de modo sencillo y en forma de diario, contando las cosas que me pasan de vez en cuando para que al menos, al compartirlas, resulten menos pesadas cuando sean malas experiencias y mas satisfactorias cuando sean buenas, que no será lo habitual.

Quiero empezar contando lo que me ha pasado hoy saliendo de la oficina para la comida. Hoy tocaba restaurante y acudo a uno de los de confianza, pero como de costumbre me quedo fuera viendo el menú no vaya a ser que con lo delicado que soy para la comida lo que me ofrecen hoy no sea del todo de mi agrado y tenga que buscarme otra opción. Es tarde y no hay gente en la calle, salvo en el portón de enfrente que hay unos niños, de unos 11 años que al parecer están hablando con un negro que si  no mide 2 metros poco le falta.

Aunque la calle es estrecha mi presencia es inadvertida y además estoy de espaldas a unos metros de distancia, pero los cristales del tablón están tan limpios que parecen espejos de forma que me resulta mas fácil ver lo que pasa atrás que leer el menú del día. No alcanzo a oír bien de qué hablan pero parece algo animada la conversación,  y no pacífica. El negro, que no lo digo despectivamente sino porque sencillamente se trata de un hombre negro y como esto no es África (aún no) pues un negro es un negro, y punto. Decía que el negro, joven y de complexión atlética además de su enorme estatura, lleva un maletón grande, así que será uno de estos que van y que vienen, lo normal. Este lugar esta lleno de gente de fuera, es mas ya una babel que otra cosa. Los niños son dos chicas y un chico. De vez en cuando pasa un coche y no me entero de lo que hablan pero no parece una conversación amistosa. Ya no leo el menú y centro la atención espiando desde mi improvisado espejo.

El negro hace un gesto como de hartazgo y con los brazos los manda a paseo, se da la vuelta, coge su maleta y camina. No llega ni a dar tres pasos cuando los niños, y esta vez lo oigo fuerte y claro, le sueltan un profundo “¡Imbécil!”. El negro se para en seco, se da la vuelta con cara de muy mala leche, deja su maleta y va a encararse con los niños. Esto empieza a no gustarme nada. Llega al portón pero antes de que abra la boca yo ya he reaccionado, me he dado la vuelta y me he acercado rápidamente de forma que me vea con claridad, me yergo y cruzo los brazos en actitud claramente desafiante, con la mirada atenta y sin decir ni una palabra. El negro comprende y sin mediar palabra se vuelve a dar media vuelta, coge cabreado su maleta y se aleja con normalidad.

No sé que ha pasado exactamente y no sé si los chicos han hecho algo que no debían o sencillamente les ha venido el problema sin comerlo ni beberlo. Prefiero no precipitarme porque también es verdad que los niños hoy día y los adolescentes por lo común suelen ser mas imprudentes de lo esperado en esa edad y en general bastante mal educados, por eso como no puedo juzgar no juzgo. Tan solo les digo a los muchachos que con esa gente deben tener mucho cuidado. Sé lo que me digo: seguramente muchos tendrán un carácter relajado, como mas seguro es que otros muchos estarán mas que quemados de nada mas que recibir palos y mas palos desde el día en que abandonaron sus casas, y a mas de uno se le puede ir la olla. En este caso si al negro le da por descontrolar y le suelta la mano a alguno de los niños capaz y es de arrancarle la cabeza de cuajo con esos brazancos de mázinger zeta que tenía.

Los niños me responden alborotados, pero inconscientes del peligro potencial, que es que él primero había llamado “maricón” al chico. A saber, pero no quiero discutir con ellos y les recalco que yo lo único que les digo es que se anden con ojo con esta gente. Y ahí queda la cosa, me doy la vuelta y sin mas me meto en el mesón arriesgándome a jugármela con el menú, pero al final he comido excelente.

A lo que voy es que ese hombre no debería de estar aquí, deambulando por las calles, perdido, dedicándose a Dios sabe qué, o con proyectos de hacer esta u otra cosa. Desesperado, posiblemente también. Su sitio no es este. En realidad es tan víctima como nosotros, los nativos, los indígenas, los autóctonos. Pero esta gente nos está invadiendo y tenemos el derecho y la obligación de defendernos y combatir ese fenómeno. Entran en nuestra casa por la fuerza, haciendo violencia, y eso no está bien.

En realidad en esta guerra el enemigo mayor no es el invasor, sino el donjulián que le ha abierto las puertas, y debemos entender esto. El modo de ayudar a estas personas no es abrirles nuestras fronteras de par en par (las verjas de Ceuta y Melilla, como todas las demás supuestas medidas, no sirven de nada, a ver si lo entendemos), el modo correcto de ayudarles sería en su propia tierra, para que no tengan que abandonar sus modos de vida, sus costumbres, sus hogares, sus familias, sus seres queridos. Del mismo modo que no queremos nosotros, o algunos de nosotros, los resistentes, los patriotas, ver como se disuelven nuestras costumbres y tradiciones; ver como desaparece del todo nuestra Santa Religión Católica (la verdadera, no la conciliar) aunque en la práctica ya está desaparecida; nuestra patria, nuestra raza; como no queremos ver que los nuestros, herederos del fruto de nuestros padres, son echados a un lado mientras que a los de fuera se les da prioridad, empleando para ello lo conseguido con el sudor y la sangre de nuestros padres. Esto es muy injusto. No queremos ver como familias españolas pierden el trabajo porque vienen otros de fuera dispuestos a trabajar en condiciones de esclavitud por lo que obligan a los españoles a degradarse al mismo nivel si quieren ser competitivos en el mercado laboral, o mejor dicho el mercado de esclavos. Desgraciados los que han perpetrado todo esto, y desgraciados los que lo apoyan, bien de forma pasiva bien de forma activa, desgraciados todos ellos.

Durante la comida también he tenido tiempo de reflexionar sobre algo que a menudo se me viene a la cabeza. ¿Que pasaría si, digamos, un moro o un negro en una trifulca violenta con españoles pide auxilio? Personalmente me estoy imaginando a todos los españoles circundantes ayudando incondicionalmente al pobre inmigrante, sin mas, sin cuestionarse nada, porque el inmigrante es inocente y bueno por definición (por mas que las páginas de sucesos, las publicadas y las omitidas que son muchas mas, lo nieguen rotundamente). Y esto es un hecho real porque todos hemos visto vídeos de cómo la gente, los antiespaña, los anticristos, defienden a verdaderos delincuentes extranjeros que están siendo arrestados por la policía, increpando violentamente a la policía. ¿Y que pasaría si un español está siendo apaleado por un grupo de gente de fuera? De nuevo, me estoy imaginando como la demás gente de fuera que se hallara en el lugar acudiría presta a socorrer… a los suyos para propinarle mas palos al osado español, y a los eXpañoles que hubiera por el lugar mirando para otro lado como si la cosa no fuera con ellos, mas por cobardía quizás que por ideología.

Lástima de España, en lo que se ha quedado.

El paco

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2 comentarios sobre “Su sitio no es este

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