Religión

Verdadera y falsa obediencia

La obediencia, según enseña Santo Tomás, es una virtud moral y entre ellas, una de las mayores, pues por ella el hombre sacrifica el mayor bien que posee y que ocupa un puesto de honor entre sus dotes: la propia voluntad, que por la obediencia se sacrifica en aras de la voluntad ajena.

Sin embargo, no debe anteponerse a todas las virtudes, pues mejor es estar unido a Dios que tender a El; y, mientras a El tendemos por las virtudes morales, con El nos unen directamente las virtudes teologales (cf. II II, q. 104, a. 3).

¿Por qué hay que obedecer a otros hombres?

En el orden de las cosas naturales por Dios creado, vemos que la desigualdad de los seres hace que los que son superiores muevan a los inferiores, y ello en función de la mayor excelencia física que tienen de Dios (así, por ej., un predador domina naturalmente sobre sus presas, entre los predadores el más fuerte domina sobre los más débiles, etc…)

Ahora bien, es también necesario que en el orden moral o social los hombres superiores muevan a los inferiores en virtud de la mayor excelencia moral o social que reciben de Dios (q. 104, a. I). Dios, pues, comunica a los hombres esa autoridad que los hace sobresalir como seres que se mueven a si y mueven a otros mediante la razón y la voluntad. Y este mover la voluntad ajena es sinónimo de “mandar”, a lo que responde la obediencia en los inferiores.

Así, pues, por derecho natural y divino los inferiores están obligados a obedecer a sus superiores.

¿Cómo debe ser un acto de obediencia?

Al hombre, Dios “lo crió desde el principio y lo dejó en manos de su consejo” (Ecl. 15, 14). Esto significa que el hombre, en todo, actúa por libre voluntad y deliberación propia, tanto en lo que decide por sí mismo como en lo que hace obedeciendo a sus superiores. (a. 1, ad 1).*

Así, y sólo de esta manera, un acto de obediencia puede ser plenamente humano (por cuanto procede del uso de la inteligencia y voluntad del hombre) y virtuoso (en razón de la reverencia debida al superior).

Sin libertad no puede haber virtud, y ejercer la virtud de la obediencia siempre conlleva el hacer un buen uso de la propia libertad. Sin embargo, renunciar a la inteligencia (y por tanto, a la libre deliberación) en pro de la obediencia es renunciar a la propia responsabilidad y convertir sus actos en puros actos mecánicos y en una obediencia ciega: es pasar de la virtud al pecado de eludir el deber que tiene todo hombre de hacerse responsable de sus actos. Es más, sería actuar imprudentemente puesto que cualquier acto de virtud moral debe estar siempre regido por la virtud de la prudencia.

Lo dicho hasta ahora no significa en absoluto que el hombre tenga que hacer lo que a él le parezca, si le parece. La virtud cristiana obedece porque sabe que el mandato es justo y porque sabe que ese es su deber, aunque sus inclinaciones le empujen a lo contrario e incluso aunque discrepe su juicio del juicio del superior. Obedece porque sabe que la voluntad de la autoridad es reflejo de la volunta divina, pero su obediencia no deja nunca de ser una obediencia “inteligente”, es decir plenamente humana por ser plenamente libre.

¿Cuál es la regla para una obediencia cristiana?

La voluntad divina es la regla primera que regula toda voluntad racional (a. 1, ad 2), y la voluntad del hombre tanto más debe conformarse a esta regla primera cuanto más participe este de la autoridad de Dios.

Así es como la voluntad del hombre que manda se convierte en la regla segunda del hombre que obedece (cf. Ibídem).

La voluntad de Dios la conocemos porque Él nos la ha manifestado por su Revelación, y la profesamos en la fe.

Esta regla primera es universal y a ella debe someterse todo hombre y no sólo en el cumplimiento de los preceptos sino también en el acatamiento interno de la inteligencia: pero aun así, respecto de Dios no es correcto hablar de “obediencia ciega” porque toda inteligencia sometida a su Creador no hace sino participar de la luz de Dios, que no rebaja nuestra inteligencia antes bien la ilumina.

En cambio tiene sus límites la obediencia que debemos al hombre, motor segundo, y nunca universal; debemos obedecerle si es superior nuestro y se mantiene en los límites de su competencia, sin contradecir la órdenes de un superior mayor y sin entrometerse en cuestiones ajenas a su foro (cf. A. 5).

Consecuencia de la verdadera obediencia

A la luz de esto es como deben interpretarse esas palabras de San Ignacio tantas veces argumentadas contra aquellos cristianos que sí saben y quieren discernir, y por eso se les llaman “rebeldes” o… “lefebvristas”; el santo, en su 13ª regla “para sentir con la Iglesia” dice: “Para que en todas las cosa lleguemos a la verdad, debemos mantener de creer que lo blanco que yo veo es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina”. Estas palabras se refieren a las verdades de fe y moral que la Iglesia define (“determina”), porque, como hemos dicho, la fe (regla primera del hombre), es la obediencia directa a la voluntad de Dios.

No nos engañemos, San Ignacio no promulgó nunca la obediencia ciega: predicaba la virtud, no el voluntarismo.

A la luz de esto, se entiende perfectamente la siguiente frase de la Constitución Dogmática “Patris Aeternis” en que Pío IX proclama la infalibilidad del Romano Pontífice: “Pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe” (cf. Denz. S. 3069-3070).

Ociosa seria esta frase si el cristiano no tuviera el derecho de comprobar que la doctrina que se le propone refleja la voluntad de Dios, es decir, que es conforme a la Revelación, e incluso ociosa sería si el mismo Romano Pontífice no actuara consciente y libremente incluso en sus actos de Magisterio supremo.

Aún con temor de alargar demasiado esta aplicación concreta, pero sabiendo lo actual que es el tema, nos atrevemos a dar algunas citas de santos, que confirman esta doctrina:

Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia, expresó: “Habiendo peligro próximo para la fe, los prelados deber ser argüidos públicamente por los súbditos. Así San Pablo que era súbdito de San Pedro, le arguyó públicamente”. (Comentario sobre la epístola a los Gálatas, 2, 14).

San Roberto Belarmino, Doctor de la Iglesia, sostuvo: “Así como es licito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, así también es licito resistir al que agrede a las almas, o que perturba el orden civil, o, sobre todo, a aquel que tratase de destruir a la Iglesia. Es licito resistirle no haciendo lo que manda e impidiendo la ejecución de su voluntad” (De Romano Pontífice, libro II, c. 29).

Vitoria, el gran teólogo dominico del siglo XVI, escribe: “Si el Papa, con sus órdenes y sus actos, destruye la Iglesia, se le puede resistir e impedir la ejecución de sus mandatos”.

Y si traspasamos esta doctrina al ámbito profano, “se entiende que los cristianos están obligados a observar las leyes civiles, aun cuando éstas fueran dadas por príncipes paganos…, es cosa fuera de toda duda” (Congregación de Propaganda Fidei, 23 de junio de 1830): aunque la autoridad civil no se someta personalmente a la voluntad de Dios, mientras no contradiga en sus órdenes a la autoridad divina ni se aleje de su propio foro, se le debe obediencia.

El mismo Santo Tomás aplicando dicho criterio precisa, por ejemplo, que “los religiosos prometen obediencia en cuanto a la observancia regular, que es la medida de su sujeción a los superiores. Y sólo deben obedecer a lo determinado según la regla” (cf. A. 5, ad 3)

La obediencia hoy en la Iglesia

Si hay algo fácilmente comprobable hoy en la Iglesia es variedad de “fes” que se predican y que profesan los fieles: unos creen en el Cielo pero no en el Infierno; otros en el sacramento del Bautismo pero no en el de la Penitencia; otros creen que la Eucaristía es sólo un símbolo, que la moral es un código cambiante… Pues bien, en la actualidad, cuando la fe es atacada y desvirtuada, cuando la regla Iª y universal de la voluntad de Dios se relativiza hasta destruirla, es cuando se hace hincapié en la obediencia a los hombres de Iglesia, y se exige una obediencia… ciega, que se presenta tanto más virtuosa cuanto más ciega. Obediencia, claro está, que sólo van a practicar aquellos fieles católicos “comprometidos” con los pastores de la Iglesia.

Y así es como vemos, por ejemplo en el seno de grupos de orientación neocatecumenal y carismática, junto con una fe en Dios reducida al sentimentalismo (y por lo tanto voluble y relativa como el sentir humano) una “fe” absoluta en las directrices de los líderes, ceguedad ésta necesaria para conservar la unidad de acción en esos grupos.

Pero también en el contexto que podríamos llamar “opuesto” al primero, el de los grupos de fieles conservadores e inclusive de tendencia tradicional, esta obediencia ciega está a la orden del día: la dirección espiritual en lugar de una orientación dada por el sacerdote en lo que debe constituir el libre ascenso del alma a Dios, se convierte en un “control espiritual” que deja con frecuencia a las almas faltas de criterio propio e incapaces de discernir por sí mismas.

Otras veces, tras de esa obediencia mal entendida se excusan algunos cristianos aunque se percaten de que tal actitud les anula la capacidad de reacción; cristianos que escogen la opción del “silencio”… como si la fe sólo fuera un bien privado y personal. “Yo no estoy de acuerdo, pero si obedezco, sé que no yerro”; “la responsabilidad recaerá en cualquier caso sobre la autoridad”; “no podemos juzgar”… Argumentos falsos, porque cuando un cristiano sabe que le fe peligra tiene siempre la obligación de defenderla aunque sea a costa de “desobedecer”; “Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres” (Act. 5, 29), decía San Pedro a quienes estaban entonces constituidos como autoridad del pueblo de Israel. Tanto es así que el católico que sólo se dedica a obedecer aun a costa de “disimular” su fe no osando siempre profesarla y ante cualquier hombre por muy elevado que esté en dignidad, es el primer responsable de la falta, aunque mayor es la de los pastores que predican la obediencia ciega.

Sí, ante la hecatombe doctrinal que mina actualmente la fe de la Iglesia, esta obediencia “legal” (¿cómo no pensar en el voluntarismo del legalismo protestante?) se hace necearía para sostener el edificio y para mantener cierta cohesión entre sus partes.

Conclusión

Cuando hace unos años un obispo francés se vio en el dilema de obedecer a la fe o a los hombres de Iglesia, él y las ovejas que le siguieron fueron acusadas de rebeldía y desobediencia… por aquellos mismo que habían empezado por desobedecer al mandato superior de ser transmisores del “deposito de la fe” (cf. Pastor Aeternus). A esto Monseñor Lefebvre llamó “el golpe maestro de Satanás”.

Los católicos fieles a la Tradición de la Iglesia ni son rebeldes ni son menos obedientes que el resto. Antes al contrario, su obediencia es perfecta y no culpable, y es mucho más meritoria porque incluye la fortaleza y el valor de quien sabe resistir a un abuso de la autoridad a pesar de las dolorosas consecuencias que le pueden acompañar. Simplemente saben obedecer haciendo la misma distinción que Santo Tomás explicó en su suma Teológica como resumen de obediencia:

Se pueden distinguir tres clases de obediencia:

  • la suficiente para la salvación, de quien obedece en lo que está obligado.
  • la perfecta de quien obedece en todo lo lícito.
  • la indiscreta o ilícita, de quien obedece también en lo ilícito.

Practiquemos con celo las dos primeras, mas Dios nos libre de la falsa obediencia.

Nota(*) Se entiende que Santo Tomás habla de la virtud en un cristiano adulto, excluyendo por lo tanto a niños y jóvenes, que todavía no son capaces de un juicio responsable y maduro. En su caso, la luz que les guía son los padres que Dios les ha dado.

por P.Juan Mª de Montagut
Revista Tradición Católica nº 181, diciembre 2002
visto en Apostolado Eucarístico
publicado en Tradición Digital el 18.7.2013

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