Religión

Hoy sólo nos queda implorar: ¡Ven, Señor Jesús!

por P. Juan Carlos Ceriani

[…]

A la luz de estos principios, y con un poco de lógica y buena voluntad, podremos entender cuál es, en la mente de Cristo y, por tanto, en el derecho divino, la relación entre la Iglesia y el Estado.

Al Estado hay que reconocerle los derechos con que Dios lo ha investido; pero el hecho de la institución divina de la Iglesia, cuyos derechos ha establecido el mismo Jesucristo, determina, precisa e incluso limita los derechos del Estado.

Por de pronto, Cristo tiene derecho a ser reconocido como Rey, no sólo por los individuos, sino también por el Estado civil, sobre quien tiene verdadera autoridad.

De ahí, consiguientemente, la obligación del Estado a reconocer a la Iglesia como Reino de Jesucristo, con todos los derechos de que su divino Fundador la ha investido.

De ahí que el Estado no puede prevalerse justamente de la fuerza contra la Iglesia.

Y pues es la voluntad de Cristo ordenar lo natural a la salud eterna, de ahí la subordinación indirecta del Estado a la Iglesia, incluso en las cosas que propiamente pertenecen a la jurisdicción del Estado.

De ahí también la obligación de dejar a la Iglesia la libertad necesaria para cumplir con la divina misión que Jesucristo le ha confiado, y de impedir, incluso con la fuerza, que nadie coarte esta libertad.

Y cuanto más el Estado favoreciese la acción de la Iglesia, aunque sin entrometerse en su gobierno ni usurparle sus sagradas funciones, tanto más de lleno cumpliría con los designios de Jesucristo, y podría esperar que esto redundase finalmente aun en la prosperidad material y natural que le ha sido confiada por Dios.

Derechos tiene el Estado, y derechos tiene la Iglesia; mas la historia enseña que quien ordinariamente ha usurpado los derechos ajenos no ha sido la Iglesia, sino el Estado; el cual, apelando a la violencia, ha querido arrebatar a la Iglesia los derechos que Jesucristo le ha comunicado a ella.

Sería, pues, justo y razonable que sus hijos saliesen a su defensa y reivindicasen sus derechos divinos…

Aunque sabemos, y lo he explicado en otras ocasiones, que ya es demasiado tarde para ello… demasiado tarde…

Hoy, cuando el César ha despojado y esgrime derechos que no son suyos…, cuando incluso ha desnaturalizado su propia dignidad…; hoy, cuando los apóstatas y herejes usurpan y manipulan la autoridad eclesiástica…, sólo nos queda implorar: ¡Ven, Señor Jesús!

Ven, Señor Jesús, a restablecer todas las cosas…, las del César y las de tu divino Padre…, pues ambas han sido traicionadas y están en manos espurias…

¡Ven, Señor Jesús!, pues sólo nos queda dar a Dios lo que es Dios en el orden familiar…, e incluso tan sólo en el orden individual…

¡Ven, Señor, Jesús!

Parte final del sermón del vigésimosegundo domingo después de Pentecostés 2017 | Radio Cristiandad

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