España · Opinión

Tradición contra la Modernidad – Recordando a Vázquez de Mella

por Don Pelayo

«Si he visto más lejos, es porque estoy sentado sobre los hombros de gigantes». Isaac Newton.

La historia de una nación es la de sus grandes batallas y héroes, de sus victorias y sus derrotas y la de sus artistas y poetas. También tiene que haber otros que recopilen la sabiduría de las generaciones pasadas y las transmita a las venideras, en su caso, adaptándola, para así conservar su vigencia. Políticos o filósofos que tienen esa importante labor no sobran tampoco en nuestra historia. Hoy hablaremos de uno de los más notables; Juan Vázquez de Mella y Fanjul.

Es probable que el lector desconozca de quién hablamos, algo esperable tras casi 30 años de educación estatal desde la LOGSE. No olvidemos que la educación pública impone la ideología oficial del Estado bajo una máscara de pluralidad y tolerancia y el régimen de 1978 es heredero de los que ganaron las guerras carlistas, es decir, los liberales. Y como Vázquez de Mella fue el principal ideólogo de la causa carlista, el porqué de su olvido es evidente. Pero para eso mismo está Disidencia, para recordar las biografías de grandes como Nicolás Gómez Dávila, cuyo pensamiento tiene mucho en común con el protagonista de hoy.

Vázquez de Mella volvió a la actualidad en 2015. Una impertinencia política le llevó a tener esos 15 minutos de fama que nos corresponden a todos en épocas modernas de fugacidad internetera y efímeras ráfagas televisivas; su nombre salió en todos los telediarios a cuenta del cambio de denominación de la plaza principal del madrileño barrio de Chueca, vecindario donde se transita siempre por la otra acera, y que se llamaba “Vázquez de Mella”. Fue rebautizada con el nombre de Pedro Zerolo, personaje cuya única aportación, si es que se puede decir así, consistió en presionar para conseguir que hoy un Paco y un Manolo puedan ser marido y marido; falso derecho y una aberración jurídica que algún día comentaremos. Vamos, que a la ciudadanía le quedó claro que echaba de Chueca a un facha de hace un siglo o más, algún franquista seguro (murió en 1928 sin tener que ver con Francisco Franco pero en España todo lo que no es progreso, es Franco) y que por eso se adoptaba el nombre del fallecido Zerolo. ¿Y los patriotas? Pues pensaron que casi mejor, que el señor Vázquez de Mella no pegaba mucho con ese entorno y que no hay mal que por bien no venga.

No fueron los únicos que se ensañaron con su figura: En Alicante, le quitaron una calle por “franquista”. Que el personaje en cuestión muriera a 8 años de la guerra civil, les importa poco. Todo cae en esta misma vorágine de la Extrema Izquierda por moldearlo todo a su imagen y semejanza, incluyendo el pasado. Lo que les decíamos antes.

«Los pueblos se enlazan con la muerte el mismo día en que se divorcian de su historia». Juan Vázquez de Mella.

Juan Vázquez de Mellay Fanjul Nació el 8 de junio de 1861 en Cangas de Onís, pequeña localidad asturiana, donde allá por el remoto siglo VIII, Don Pelayo se proclamara caudillo para poco después, en el cercano Monte Auseva, vencer a la morisma en la Batalla de Covadonga. No podía haber sido aquel un lugar más adecuado para dar luz al gran ideólogo del tradicionalismo español; fue la primera capital de nuestra patria, Minima Urbium, Maxima Sedoum, como reza su lema, esto es “La menor de las ciudades, la mayor de las capitales“, como si la Providencia hubiera querido indicarnos que otra Reconquista estaba por comenzar, esta vez no con la espada sino con la pluma.

Era su padre militar, patriota y muy religioso, tanto como su madre. Ambos le transmitieron su enseñanza más preciada, una inquebrantable fe católica que Juan tendría como luz y guía tanto en su vida privada como en su lucha política. Estudió en el seminario de Valdediós (Villaviciosa, Asturias) decantándose más tarde por los estudios de derecho en Santiago de Compostela. Al parecer no invertía grande tiempo en el estudio, pues se concentraba poco para los exámenes, no por juerguista sino todo lo contrario: por leerlo todo, muchas veces dejando de lado sus apuntes para zambullirse en sus pasiones: política, filosofía e historia. Leer, leer y leer, que por más que hoy en día algunos se crean intelectuales por entrar 5 minutos diarios en el twitter, es la única manera de conocer a fondo las artes y las ciencias. Debido a su brillantez intelectual y una memoria que todos calificaban de portentosa, se graduó con muy buenas notas.

«Todo lo que no es tradición, es plagio». Eugenio D’Ors.

Le tocó vivir la “España de la restauración“, una época que, si bien viéndola con perspectiva no fue tan nefasta como se pinta a veces -tengamos en cuenta lo que hubo antes y después- no generó ninguna ilusión de futuro ni siquiera entre sus propios partidarios; caciquismo, obreros con un nivel de vida deplorable, retraso tecnológico considerable respecto a Europa, y sobre todo, como causa y consecuencia de todo, la pérdida de la soberanía nacional por el dominio tanto de ideologías que en nada tenían que ver con la idiosincrasia patria como del dominio extranjero de nuestra economía. Este problema lo llegó a reconocer el Conde de Romanones:

“Los partidos nacidos de la Revolución Francesa, que son los nuestros, son artificiales, no responden a la composición de la sociedad. No tienen consonancia con la realidad de la vida”

El sistema de la restauración estaba cuidadosamente diseñado para aportar estabilidad pero se comenzaría a tambalear a partir del asesinato de su arquitecto en 1897, Cánovas del Castillo, y sobre todo por la pérdida de Cuba al año siguiente. En este contexto político-social muchos pensaban encontrar la salvación definitiva, desde los anarquistas al radicalismo jacobino, pasando por los socialistas (el PSOE se fundó en 1875), cada facción instalada en el puro ideal de la razón soñando monstruos y cada respuesta más grandilocuente y atractiva cuanto más alejada de la realidad.

Vázquez de Mella hizo lo que haría cualquier rebelde en tiempos donde la innovación y el desprecio por todo tiempo pasado es la norma; defender con su vida y obra la doctrina más vilipendiada, nuestra Tradición. La Tradición, que no tradiciones, es esa respuesta que no se encontraba en tratados de ideólogos extranjeros sino en la misma historia de Las Españas desde tiempo inmemorial. Ideas vilipendiadas porque sus portadores los carlistas habían sido derrotados en el campo de batalla en las tres guerras que libraron contra la Modernidad. Hoy se tiende a pensar que el liberalismo triunfó porque era lo inevitable tras la Revolución Francesa, pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que se impuso a partir de sus victorias en todos los órdenes, social, político y moral,  pero en último término, como siempre, gracias a las victorias militares, más concretamente en Las Guerras Carlistas. Como consecuencia de estas derrotas del legitimismo carlista,(la última en juventud Vázquez de Mella, en 1876, cuando Carlos VII hubo de exiliarse) abanderado del tradicionalismo, el movimiento languidecía; solo un gigante como Vázquez de Mella fue capaz de salvarlo.

«¿Quién es ese monstruo?». Cánovas del Castillo.

Así se expresó sorprendido el hombre fuerte de la Restauración al escuchar a Vázquez de Mella en uno de sus discursos, no por feo, sino por su brillante oratoria, que lograba enfervorizar a las masas, pues el asturiano estaba dotado con el don de la palabra y hablaba tan bien como escribía. Ese joven “monstruo” conseguiría su acta de diputado antes de cumplir los treinta años, algo que entonces no era tan fácil como ahora (basta con soltar cuatro frases populistas en las tertulias televisivas) y menos aún para los partidos que no eran los llamados “dinásticos”, esto es, el conservador y el liberal, los que se repartían la tarta mediante pucherazos organizados por los caciques locales, asegurándose el apoyo electoral masivo en toda España, con pocas excepciones. Una de esas excepciones era Navarra, bastión del tradicionalismo español, de allí salió Vázquez de Mella elegido por primera vez.

Años antes se había afiliado al partido de Don Carlos, en un momento crítico para la causa legitimista y el movimiento en su conjunto. Queda claro que por medrar, no fue, pues sufrieron además dos escisiones, la de los “canovistas, es decir, los que buscaban contemporizar con el régimen y, la de los “integristas” de Cándido Nocedal, que no aceptaban otra cosa que no fuera el absolutismo. Curiosos tiempos aquellos en los que coexistía un partido como el de Nocedal, que clamaba contra la libertad de cultos, con anarquistas que defecaban sobre toda autoridad y todo lo sagrado. Da que pensar que hubiera más libertad de expresión entonces que ahora.

«Contra el integrismo, tradicionalismo». Juan Vázquez de Mella.

El asturiano estaba tanto en contra del liberalismo imperante (y de su hijo bastardo, el socialismo) como de los integristas, a los que acusaba de inmovilistas y de estar alejados de la realidad -aunque se reconciliarían en 1906- de esa discusión nació la frase que resume su voluntad de actualizar los postulados tradicionalistas a los tiempos modernos, adaptando aquello que sea necesario, con los pies en la tierra. Eso sí, sin abandonar jamás los principios fundamentales, que son el cimiento sobre el que se construye todo lo demás. Como prueba, en 1919 formó su propio partido, el Partido Católico Tradicionalista, tras un enfrentamiento con la corriente principal de los tradicionalistas llamados entonces “Jaimistas”. La polémica vino por sus simpatías hacia Alemania en la Primera Guerra Mundial, que contrastaba con la postura de Don Jaime y sus partidarios, favorable a los aliados. Esto era a juicio de Vázquez de Mella una insensatez respecto a los intereses políticos de España, identificando además a la causa de la República Francesa y el Imperio Británico con la masonería y el liberalismo, y por tanto, como enemigos.

Con este movimiento demostraba que la disputa sobre quién debía ocupar el trono era un detalle al lado de las cuestiones fundamentales, poniéndose en contra del mismo pretendiente. Esto nos podría invitar a reflexionar sobre hasta qué punto hay que seguir a un jefe o líder cuando éste ejerce sin cumplir con su cometido. Y quizás también dentro de la Iglesia Católica en su conjunto podría hacerse una reflexión al respecto…Ya dice el cuatrilema carlista que Dios, Patria, Fueros y Rey. Y el rey va lo último. Por algo será.

«Los defectos del orden moderno que Vázquez de Mella denunció en su momento siguen de algún modo vigentes». José Javier Esparza.

Sobre sus principales conclusiones nos ofrece una síntesis Esparza:

«A la España de la Restauración, que es una España pesimista y resignada, Vázquez de Mella le propone un sentimiento nacional de inspiración religiosa, única fuente posible de una verdadera moralidad pública. La democracia de la Restauración es una democracia falsa, porque se sustenta sobre un reparto de poder caciquil entre los partidos. Frente a eso, nuestro autor propone un sistema de democracia representativa sobre la base de las instituciones naturales: asociaciones, gremios,municipios, familias, universidades… El liberalismo moderno ha sido un error, porque,lejos de liberar a las personas y a las instituciones del peso del Estado, las ha convertido en prolongación del propio Estado; es un Estado en cuyo interior todos los grupos pasan a pelear entre sí, en vez de trabajar para el bien común, y por eso ha surgido el problema obrero, el problema social. Como alternativa, nuestro autor defiende el papel de los poderes intermedios, que son emanación directa de la vida social. Al Estado le corresponde la soberanía política, pero ésta deriva de la soberanía social, es decir, de las entidades intermedias en las que realmente viven inmersos los individuos. Como estas sociedades intermedias son producto de la historia, su soberanía es la de la tradición.»

Reivindicar este pensamiento en la actualidad tiene todo el sentido del mundo, si reparamos en que vivimos inmersos en el llamado “totalitarismo democrático” que decía Gustavo Bueno. Esto es, que el sistema se legitima a sí mismo mediante el voto. Y además, permite aceptar cualquier cosa siempre y cuando sea “democrática“, incluso la misma desintegración nacional, como lo que estamos viviendo con Cataluña. Además, ¿es que la mente de la nación puede acaso cambiar radicalmente en cuatro años? Es absurdo si se piensa en frío. La existencia de cuerpos intermedios con soberanía propia impediría el rumbo errático de la nación en el que viven los sistemas democráticos modernos, pues pasa a la soberanía a instituciones permanentes y respetables (como la familia) restándosela a otras de más que dudosa credibilidad, como son los partidos políticos.

Otros aspectos fundamentales en los cuales se basa la doctrina “mellista” (mal llamada así porque nunca fue su intención crear ideología alguna, todo lo contrario) podrían resumirse en los siguientes puntos:

– Unión moral y separación económica de la iglesia y del estado. Vázquez de Mella alertaba, acertadamente, que como “quién paga manda” una iglesia que viviera de concesiones estatales sería sumisa al poder político, incluso cuando éste mostrara un carácter anticristiano. Quería una iglesia libre en su organización pero con influencia política de sus postulados morales. Hoy en día pasa lo contrario, por eso los pastores de la iglesia son en general tan mariconservadores.

– Alertaba contra la doctrina de el “mal menor“, esa tendencia tan nefasta que hace que muchos disidentes acaben por votar al PP (o la nueva versión remasterizada, Ciudadanos) para detener al “mal mayor“, los rojos/progres de hoy, igual que los anarquistas en el suyo. Entonces esa cobardía de la derecha sólo sirvió para allanar el camino a la extrema izquierda en la República, hoy las consecuencias son parecidas…

– Por supuesto, defendía el régimen foral como alternativa a la legislación liberal, del cual tenemos un resumen muy clarificador en: ¿Qué es el Foralismo?

– Se adhería a la doctrina social de la iglesia, la cual veía necesaria porque: “Del socialismo, se extiende un movimiento social que nace del impulso de todo un pueblo, y esa ola social indica que este Régimen, estos partidos, estas oligarquías de hoy tienen que transformarse“. Vázquez de Mella veía por tanto en el socialismo una serie de legítimas reivindicaciones, que de no resolverse, acabarían por provocar la indeseada revolución. Tuvo que haber una Guerra Civil para evitarla y un Franco, el mejor gobernante del siglo XX, que sin ceder un ápice al marxismo, convirtió a los españoles en clase media y en propietarios de sus casas.

– La principal crítica al liberalismo es moral. Decía: “El liberalismo no admite nada permanente, más que el derecho a que no haya nada permanente.” Así, la derecha llamada “conservadora” actúa como escolta de la izquierda en sus cambios, criticándolos al principio, pero conservándolos después.

– También hay una crítica al liberalismo en el terreno de la economía política. El liberalismo en España triunfó a costa de una desamortización que había condenado a la miseria a gran parte del campesinado y de vender nuestros recursos naturales al extranjero. No es casualidad que el País Vasco fuera una de las pocas regiones españolas con un desarrollo de la industria propia, donde las juntas de gobierno estaban controladas por los tradicionalistas y por tanto se mantuvo una sociedad con una estructura de la propiedad hidalga, una región foralista, minifundista y de profunda raigambre católica.

En general, era visto como un personaje un tanto extravagante por la defensa de unos ideales que se consideraban muertos pero también era admirado como hombre íntegro y se granjeó grandes simpatías, incluso por parte de la clase política, que tanto acostumbra a despreciar a los hombres de recta moral. Cultivó varias amistades entre las altas esferas y nunca le faltaron ayudas en los momentos de necesidad, si bien permaneció soltero toda su vida. Otra prueba de la inquebrantable lealtad de Mella respecto a sus convicciones, es que pudo ser ministro en dos ocasiones, una con Cánovas y otra con Maura, negándose en ambas.

Debemos mencionar su intervención estelar en el concilio antimasónico de Trento de 1896. Vázquez de Mella pretendía prohibir la masonería por “subversiva y enemiga de la patria“. Ese discurso le valió una encendida ovación por parte de todos los presentes.

«¡Que la mujer no tiene bastante capacidad para votar! ¡Oh, Dios mío! ¡Y trece millones de analfabetos en España la tienen!». Juan Vázquez de Mella.

¿Qué nos queda entonces, de este gran pensador? Su muerte en 1928 aconteció tras unos años de decadencia física y en un relativo abandono en un pequeño apartamento de Madrid, pero sus ideas seguirían iluminando conciencias años más tarde, con una influencia evidente en lo que después sería el movimiento nacional a partir de 1939. Nos queda además una doctrina lógica y fundamentada, defendida con una excelsa pluma, una oratoria brillante y, sobre todo, un pensamiento de alcance.

Ciertamente, hay aspectos en los cuales la doctrina ha quedado desfasada. Tradicionalmente, los carlistas y movimientos afines habían tenido en la Iglesia su principal sostén ideológico, muy especialmente en el bajo clero del Norte. Con el estallido de la Guerra Civil, la mayor parte de los obispos no dudaron en calificar el alzamiento nacional como “Cruzada”.

A partir del Concilio Vaticano II ese lazo está roto. La Iglesia, o al menos gran parte de sus pastores, aceptaron gran parte de las ideas modernistas que los carlistas y otros habían combatido durante toda su historia. Esto significó, a la larga, el fin de cualquier alternativa política tradicionalista, al destruirse su base moral principal.

También fue el primer parlamentario español que propuso el voto femenino. Para Vázquez de Mella el voto debía ser un privilegio, siempre en función de los méritos adquiridos. Reconocía a las mujeres que tuvieran un papel de cuidado de la familia y, por tanto, en ese ámbito y otros como el gremial o el empresarial, era de justicia reconocerles esa posibilidad. Sólo estuvo en contra de su participación en asuntos militares o clericales. Por desgracia, acabaron por triunfar las tesis de las sufragistas, que exigían el derecho del voto a cambio de nada. Éstas eran por lo general cuarentonas solteras de buena familia que no habían dado nunca un palo al agua en su vida y se hacían las sufridas y luchadoras mientras millones de hombres morían reventados en la Guerra de las Trincheras. Como las feministas de hoy.

Juan Vázquez de Mella y Fanjul, renovador de la Tradición, que suena a algo imposible, renovar algo tradicional, pero ya hemos leído que es lo único con sentido que puede hacerse porque la Tradición no es estática, no es algo que una vez se crea se queda para siempre con la misma forma, sino dinámica, herencia viva y orgánica, como la familia y la patria, patrimonios y legados a los que que no tenemos ningún derecho a renunciar y sí la obligación de mantener y mejorar. La forma cambia y el fondo permanece. Gran parte de sus ideas son hoy en día tan actuales como en su momento, y nos sirven para la única causa política verdaderamente importante; la defensa de España y de la Civilización Cristiana. Ideas eternas para causas eternas.

Anuncios

Un comentario sobre “Tradición contra la Modernidad – Recordando a Vázquez de Mella

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s