Opinión · Religión

Vaticano II. ¿Se puede curar una enfermedad con el virus que la produce?

por Miguel Ángel Yáñez
en Adelante la Fe

He de reconocer que, a veces, tengo una sensación encontrada cuando leo algunos manifiestos y artículos que, con una excelente intención, intentan clarificar algunos aspectos de la confusión reinante.

Y digo encontrada, porque a la vez que valoro lo que leo, en general recordatorios lúcidos y valientes de la doctrina ofuscada, cuando no negada, por el papa Francisco -y otros…-, percibo claramente que casi siempre falta “algo”, y, por lo general, también sobra “algo”; se convierten la mayor parte de las veces en una ocasión no aprovechada en su plenitud.

Usualmente, se omite llegar al diagnóstico certero -diría un médico-, a la raíz podrida que seca todo el árbol y que produce estos malos frutos: al Concilio Vaticano II y a la implementación implacable del mismo por todos los papas postconciliares, que no son en absoluto ajenos a la crisis de la Iglesia, sino muy por el contrario son actores y parte indispensable de ella. Ese es el “algo” que sigo echando en falta.

Y en el mismo sentido, complementando esa “falta”, noto que “sobran” las continuas referencias laudatorias al Vaticano II y a los papas postconciliares; es como querer curar una enfermedad… con el virus que la produce. Es como si en Cuba se quisiera acabar con el régimen actual, citando a Fidel Castro.

Puedo entender perfectamente la buena intención que hay al usar ese tipo de citas para desarmar mejor al enemigo, y, aunque no comparto la metodología, aprecio sinceramente a estos autores, su esfuerzo, y la buena línea en la que avanzan, pero, sinceramente y dicho con todo mi cariño, creo que no es la solución. Hace falta dar un paso más.

Está claro que el papel lo aguanta todo, y que, de cualquier autor del mundo, Lutero incluido, podríamos entresacar siempre excelentes frases. Pero, al citar en positivo a el Concilio como antídoto, cuando es en realidad el virus, e idealizar a sus implementadores y documentos posteriores (catecismos, nuevo CDC…) ¿no predisponemos a el lector a absorber todo lo malo que hay allí? ¿con el magisterio tan brillante que tenemos de 20 siglos es necesario en serio citar estos documentos y ejemplos tan embarrados?

Y aquí es donde se produce ese choque de sentimientos; por un lado, me alegro enormemente al ver como, poco a poco, se van atreviendo a decir “algo”, pero a la vez me entristece ver como no se quiere, puede o sabe llegar a la raíz de la enfermedad, la cual a su vez se trata de disimular y decorar citándola en positivo.

Siempre he pensado que el gran problema que tuvieron los Franciscano de la Inmaculada no fue la Misa tradicional, sino que modestamente empezaron a hacerse preguntas sobre el Concilio Vaticano II, a caminar en la dirección que aquí demando y echo en falta.

Es verdaderamente imperioso que, de una vez por todas, alguien con autoridad se atreva a decir la verdad… TODA LA VERDAD, no sólo denunciando los frutos, sino yendo también la raíz de la enfermedad, con claridad y sin miedo al martirio espiritual que sin duda le traerá.

Mientras esto no se produzca, no habrá comenzado la reacción… de verdad.

Nota de TD: Podría pensarse que tanta alusión conciliar y juanpablista se debe a mera cuestión táctica, pero nosotros dudamos mucho de esta afirmación. Al contrario pensamos que no hay ni táctica ni doblez sino que se trata de apegos, adhesiones y sometimientos realmente sinceros. Por mas que les reconozcamos a esos pocos prelados, sacerdotes y fieles su buena intención y valor, precisamente por causa de la sinceridad que demuestran en sus filias también tenemos que reconocer que demuestran no haber entendido nada aun, pretendiendo quizás mantener un cierto equilibrio equidistante que es imposible, y demuestran, fruto de su ambigüedad y errático proceder, que no reman claramente en la dirección de la autenticidad católica sino a favor de la tramposa confusión conciliar. Lo de que no hay mas ciego que el que no quiere ver aplica a todos, incluso a los que tapándose la cara con las manos dejan un poco de espacio entre los dedos para poder engañarse a sí mismo pensando que está libre de toda tiniebla.

La ilustración es añadido nuestro, aunque igual hubiéramos puesto una fotografía de Fidel Castro como bien comenta el autor.

 

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