Editorial · Religión

El profesor Miguel Ayuso sobre el Concilio Vaticano 2º (y apostillas)

Fragmento del programa nº 48 de Lágrimas en la lluvia (2011) sobre el post-concilio en el que el profesor Miguel Ayuso describe certeramente el latrocinio que fue el Concilio Vaticano 2º, ese desastroso colector modernista de herejías

Algunas inevitables puntualizaciones:

1. Lo de “profeta de calamidades” fue Juan XXIII quién lo dijo, no Pablo VI.

2. Pablo VI, por mas que interviniera en los documentos, no salva la ortodoxia de los mismos, no al menos en la indispensable claridad (sí, sí; no, no) que se requiere de todo acto magisterial de la Iglesia, por mas que sea pastoral, pues el concilio ni quiso definir ni define nada de hecho, como tampoco quiso la asistencia del Espíritu Santo. Muy al contrario, la intervención de Montini vino a apuntalar la de-li-be-ra-da ambigüedad de los documentos. De no haber intervenido como lo hizo, la falta de ortodoxia habría quedado tan manifiestamente en evidencia que hubiera puesto en peligro el desarrollo del post-concilio que ya tenían planeado y preparado, al haber sido mayor la reacción suscitada contra una maniobra tan burda y descaradamente anticatólica.

Por tanto, y además de forma independiente a sus intervenciones en los documentos, Pablo VI dista mucho de ser un salvador de la ortodoxia. Mas bien lo opuesto: a fuer de clérigo liberal modernista de tomo y lomo, devino en Vicario nefasto cuya obra de demolición contra la Iglesia fue descomunal (juzgamos los hechos, las intenciones solo las juzga Dios).

3. No se trata de rectificar la intención del concilio sin tocar los textos, ni tan siquiera de corregir los textos también. Ni lo uno ni lo otro va a suceder, y si sucediera quedaría de todas formas el hecho de ese escandaloso error histórico en sí (decimos error siendo benevolentes), como una mala comida que se queda en el vientre haciendo daño mientras no sea vomitada o excretada, por no decir una mancha negra en el alma que no se borra porque no se ha querido hacer penitencia. Y no hay penitencia perfecta si no se repudia el pecado desde lo mas profundo, si desde lo mas profundo no se desea nunca haber cometido ese pecado, si desde lo mas profundo no se repudia ese concilio y se le declara y condena como conciliábulo y latrocinio.

Hoy día conocemos sobradamente la verdadera, pérfida y malévola intención con que se fraguó, desarrolló y aplicó aquel concilio maldito. De lo que se trata por tanto es de denunciarlo por activa y por pasiva y llegado el caso de condenarlo y de condenar sus obras y artífices (hoy impíamente canonizados en falso, en cuanto a papas se refiere), y que caiga lo que tenga que caer: la iglesia conciliar como adulteración que eclipsa a la Santa Iglesia Católica, pues nuestra obligación como hijos de Dios es bregar porque resplandezcan la Verdad y la Justicia.

Si a la Iglesia le ha llegado la hora del Calvario mas nos vale estar limpios y puros en el momento en que debamos cargar la Cruz en la que vayamos a ser clavados. O será que es mayor el miedo que tenemos al mundo que el amor que decimos profesar a la Verdad.

4. No tienen desperdicio las poses, gestos y caras que pone el sacerdote David Amado, el mas joven. Típica y delatora actitud conciliar.

5. Para otro día, tal vez, dejaremos la no menos típica, floja, infantil y hasta ridícula réplica que hace, aunque no merece la pena. No mucho mejor está Sayés, pero es que de donde no hay no se puede sacar, y nos referimos al concilio y la defensa (tal vez torpe, tal vez ingenua o tal vez ensoberbecida) que del mismo hace el pseudo-catolicismo conciliar.

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