Religión

Cristianismo frívolo y sentimentalista

por el padre Juan Carlos Ceriani
en Radio Cristiandad

 

Fragmento del sermón de la dominica in albis

El Apóstol Tomás quiere ver, palpar. El Señor remedia su flaqueza con una admirable atención y condescendencia; pero no sin reprocharle: “Tomás, has creído porque me has visto. Bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen”.

El Tomás del domingo de Resurrección es el representante de todos aquellos que no quieren admitir ningún testimonio del Evangelio, de la Iglesia y del sacerdocio. Para ellos sólo tiene valor lo que ellos ven con sus propios ojos y tocan con sus propias manos.

Tomás es también el representante de todos aquellos que creen ciertamente en el testimonio del Evangelio y de la Iglesia, pero que, no obstante esto, en la práctica son incapaces de elevarse por encima de una mentalidad y de un concepto de la vida puramente naturalista y humano. Estos últimos recitan el Credo de la Iglesia, pero no poseen el espíritu de fe.

Desgraciadamente, así es la vida de muchos cristianos y católicos. Piensan, juzgan, valoran, hablan y obran lo mismo que piensa y vive el mundo que los rodea. No tienen otras aspiraciones más elevadas que las de los demás hombres del mundo: salud, prosperidad, ganancia, negocios, placeres, diversiones.

Cuando encuentran algo desagradable o difícil, se irritan, se alborotan, buscan en seguida un cabrito expiatorio, se lavan después las manos y hacen todo lo posible por librarse de lo desagradable y dificultoso.

Sus pensamientos e ideales son puramente naturales. Puramente naturales son, sobre todo, los móviles de sus deseos y acciones.

En general, la mayor parte de los católicos que rezan el Credo, en su vida práctica no se mueven más que por motivos puramente humanos y naturales.

Todos nosotros vivimos aún demasiado apegados a lo puramente natural. No vivimos la Fe y de la Fe, con la vista fija en Cristo, en Dios y en su santa voluntad.

¡De aquí esa inquietud, esa inseguridad, esa endeblez y ese vacío que tanto sentimos en nuestra vida interior!

Nuestro relajamiento es tan grande, que hasta ha invadido ya el círculo de nuestra vida de piedad.

Muchas de las personas que pasan por sinceramente piadosas y espirituales, apenas tienen nada de tales. No buscan en su piedad más que los efectos puramente sensibles y el saciar su curiosidad. Ven con los ojos de los sentidos una piedad que no es otra cosa que una serie de impresiones sentimentales.

Esta piedad tiene un horror instintivo a las luchas, a los trabajos y a los sacrificios. Se aprovecha de las cosas espirituales, incluso de la oración y de los sacramentos, únicamente para satisfacer sus sentidos.

El espíritu permanece privado de todo verdadero fruto y se convierte en presa de una sequedad desoladora y de un permanente vacío.

Semejantes almas viven solamente de la superficie de las cosas, de la realidad. Son esclavas de la exterioridad, la cual constituye para ellas la cosa más importante, tanto en la oración como en sus trabajos y en el cumplimiento de sus deberes. No adelantan en el camino de Dios. Se eternizan en un cúmulo de prácticas externas.

Tampoco son profundas. Al contrario, miran las cosas y los acontecimientos de la vida desde su punto de vista más mezquino, tornándose, por ende, ellas mismas mezquinas, estrechas, pedantes. Se anquilosan, se hacen esclavas de lo pequeño y de las pequeñeces, llegando en muchísimos casos hasta el ridículo.

Son inconsistentes, disipadas y cada vez más enclenques. Multiplican los esfuerzos, las oraciones y los ejercicios; pero, a pesar de todo esto, cada vez se tornan más quebradizas, más débiles, más raquíticas.

Poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu. ¡Pobres almas, torturadas y estériles! Han edificado sobre el sentimentalismo, sobre los sentidos, no sobre el espíritu y sobre los fundamentos de la Fe.

No viven con la vista fija en Dios, en la Providencia, en la presencia, en la voluntad de Dios. Por eso no tienen profundidad, ni fuerza, ni quietud interior, ni constancia.

Nota de TD: Negritas e ilustración es añadido nuestro.

La incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio.

 

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