Religión

Sobre quien esta piedra cayere…

por Padre Juan Carlos Ceriani
 en Radio Cristiandad

FIESTA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO REY

[…]

Sin embargo, queda por ver el tema del Reino de Jesucristo. ¿Qué podemos y debemos decir al respecto?

Ante todo, hemos de remitirnos al gran texto del Profeta Daniel, capítulo 2, versículos 34-35 y 44-45, la famosa profecía sobre los reinos y el Reino:

“Tú estabas mirando, cuando de pronto una piedra se desprendió, sin intervención de mano de hombre, vino a dar a la estatua en sus pies de hierro y arcilla, y los pulverizó. Entonces quedó pulverizado todo a la vez: hierro, arcilla, bronce, plata y oro; quedaron como el tamo de la era en verano, y el viento se lo llevó sin dejar rastro. Y la piedra que había golpeado la estatua se convirtió en un gran monte que llenó toda la tierra”.

“En tiempo de estos reyes, el Dios del cielo hará surgir un reino que jamás será destruido, y este reino no pasará a otro pueblo. Pulverizará y aniquilará a todos estos reinos, y él subsistirá eternamente; tal como has visto desprenderse del monte, sin intervención de mano humana, la piedra que redujo a polvo el hierro, el bronce, la arcilla, la plata y el oro”.

Este último reino, dice la profecía, lo fundará de manera estable cierta piedra desprendida de un monte, sin intervención de mano de hombre, esto es por sí misma, sin que ninguno la desprenda, ni le dé movimiento, impulso y dirección, la cual bajará a su tiempo directamente contra la estatua, le dará el más terrible golpe que se ha dado jamás; y los quebrantará, y aun los hará polvo.

Y la piedra misma que dio el golpe se hará al punto un monte tan grande que ocupará toda la tierra.

La piedra de que habla esta profecía, es evidentemente el mismo Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen Santísima, a quien se aplican todos los principios establecidos en la introducción que hemos hecho.

Ahora bien, de Nuestro Señor Jesucristo creemos y confesamos no una sola, sino dos Venidas.

Como ellas son muy distintas, para no confundir lo que pertenece a una con lo que es de la otra, tenemos una regla cierta e indefectible dictada, tanto por la lumbre de la razón, como por la lumbre de la fe; es a saber:

Si lo que anuncia una Profecía para la venida del Señor no tuvo lugar, ni lo pudo tener, en su Primera Venida, lo esperamos seguramente para la Segunda, en la cual se cumplirá absolutamente.

El Verbo de Dios ya bajó del Cielo, se encarnó en vientre purísimo de la Virgen María, predicó, enseñó, murió, resucitó, ascendió a los Cielos y allí reina sentado a la diestra del Padre. Por medio de su Iglesia alumbró al mundo con la predicación del Evangelio, poco a poco fue destruyendo en el mundo el imperio del diablo hasta que comenzó la revolución anticristiana.

Todo esto es cierto e innegable, mas todo eso pertenece únicamente a la Venida del Mesías, que ya sucedió.

Fuera de esta Primera Venida esperamos otra, no menos admirable; en la cual sucederá infaliblemente lo que sólo a ella pertenece y está anunciado para ella clarísimamente.

Entre otras cosas sucederá, en primer lugar, todo lo que anuncia la gran Profecía de Daniel.

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Del signo o figura de la piedra habla también el Profeta Isaías, capítulo 28, versículo 16. Se trata de la Primera Venida del Mesías, y de las terribles consecuencias de ella para Israel. Dice así:

“He aquí que yo pongo por fundamento en Sión una piedra, piedra elegida, piedra angular, preciosa, sólidamente asentada; quien tuviere fe en ella no vacilará”.

En el capítulo octavo, versículos 13-15, el Profeta ya había anunciado que el Mesías sería para Israel como una piedra de tropiezo y de escándalo por su incredulidad y por su iniquidad, y como un lazo y una ruina para los habitantes de Jerusalén:

“A Yahvé de los ejércitos, a Él habéis de tratar santamente; sea Él vuestro terror, sea Él ante quien tembléis. Él será vuestra santidad, mas también una piedra de tropiezo, y una roca de escándalo para las dos casas de Israel, un lazo y una trampa para los habitantes de Jerusalén. Muchos de ellos tropezarán, caerán, y serán quebrantados; se enredarán en el lazo y quedarán presos”.

Mas esta piedra preciosa, electa, probada, que descendió al vientre purísimo de la Virgenno bajó con ruido ni terror, sino con una blandura y suavidad admirables; no bajó para hacer mal a nadie; sino todo lo contrario, para hacer bien a todos porque no envió Dios su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

Decía el mismo Señor Jesucristo que Dios Padre lo envió a este mundo y lo puso en él como una piedra angular y fundamental, para que sobre esta piedra, como sobre el más firme y sólido fundamento, se levantase hasta el cielo el grande edificio de la Iglesia.

Así, lejos de hacer daño alguno con su bajada del Cielo, lejos de caer sobre alguna cosa y quebrantarla con el golpe, fue, por el contrario, y lo es hasta ahora una piedra bien golpeada y bien martillada; una piedra sobre la cual cayeron muchos, y caen todavía con pésima intención, con el propósito de quebrantarla, y desmenuzarla, y reducirla a polvo, si les fuese posible…

Y no obstante la experiencia de su dureza, no obstante la experiencia de lo poco que avanzan contra ella, y de lo mucho que se arriesga en golpear esta piedra preciosa, hasta ahora no ha faltado ni faltará gente perversa que desea cargarse con el empeño inútil y vano de perseguirla y dar contra ella.

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En el Santo Evangelio encontramos un texto fundamental, que traen tanto San Mateo (21, 42-46) como San Lucas (20, 15-19); está en la parábola de los viñadores homicidas:

“En su oportunidad envió un servidor a los trabajadores, a que le diesen del fruto de la viña. Pero los labradores lo apalearon y lo devolvieron vacío. Envió aun otro servidor; también a éste lo apalearon, lo ultrajaron y lo devolvieron vacío. Les envió todavía un tercero, a quien igualmente lo hirieron y lo echaron fuera. Entonces, el dueño de la viña dijo: “¿Qué hare? Voy a enviarles a mi hijo muy amado; tal vez a Él lo respeten”. Pero, cuando lo vieron los labradores deliberaron unos con otros diciendo: “Éste es el heredero. Matémoslo, para que la herencia sea nuestra”. Lo sacaron; pues, fuera de la viña y lo mataron. ¿Qué hará con ellos el dueño de la viña? Vendrá y hará perecer a estos labradores, y entregará la viña a otros”. Ellos, al oír, dijeron: “¡Jamás tal cosa!” Pero Él, fija la mirada sobre ellos, dijo: “¿Qué es aquello que está escrito: «La piedra que desecharon los que edificaban, esa resultó cabeza de esquina»? Todo el que cayere sobre esta piedra, quedará hecho pedazos; y a aquel sobre quien ella cayere, lo hará polvo”. Entonces los escribas y los sumos sacerdotes trataban de echarle mano en aquella misma hora, pero tuvieron miedo del pueblo; porque habían comprendido bien que para ellos había dicho esta parábola”.

Vemos aquí claramente las dos venidas del Mesías, y las consecuencias inmediatas, tanto de una como de la otra; lo que ha hecho y hace todavía en la primera ella, y lo que hará cuando baje del monte contra la estatua, y contra todo lo que en ella se incluye.

De manera que, habiendo bajado la primera vez pacíficamente, sin ruido ni terror, habiendo sufrido con infinita paciencia todos los golpes que le quisieron dar, se puso luego por base fundamental del edificio grande y eterno que sobre ella se había de levantar, la Santa Iglesia Católica.

El que cree, de fe no fingida, el que quiere de veras ajustarse a esta piedra fundamental, el que para esto se labra a sí mismo, y se deja labrar, devastar y golpear, etc., éste se salvará, éste es una piedra viva, infinitamente más preciosa de lo que el mundo es capaz de estimar; éste se edifica sobre fundamento eterno, y hará eternamente parte del edificio sagrado.

San Pedro enseñaba a sus primeros fieles, y enseña al presente a todos, en su Primera Carta, 2: 6-8: “Al cual, allegándoos, que es la piedra viva, desechada en verdad por los hombres, mas escogida de Dios, y honrada. Y sobre ella como piedras vivas sed edificados casa espiritual”.

Al contrario, el que no cree, o sólo cree con aquella especie de fe que sin obras es muerta; mucho más, el que persigue a la piedra fundamental y da contra ella, ése tendrá toda la culpa, y a sí mismo se deberá imputar todo el mal, si se rompe la cabeza, las manos y pies; pues el que cayere sobre esta piedra será quebrantado

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Esto es puntualmente lo que sucedió, a los judíos en primer lugar, y a los gentiles después.

Inicialmente a los judíos, luego de haber reprobado y arrojado de sí esta piedra preciosa, luego que, no obstante su reprobación, la vieron ponerse por cabeza de esquina, luego que vieron el nuevo y admirable edificio, que a gran prisa se iba levantando sobre ella, llenos de celo, o de furor diabólico, comenzaron a dar golpes y más golpes a la piedra fundamental, pensando romperla, despedazarla, y hacer caer sobre ella misma el edificio que sustentaba…

Mas a poco tiempo se vio verificada en estos primigenios perseguidores la primera parte de la profecía del Señor: “el que cayere sobre esta piedra será quebrantado”.

Salieron de aquel empeño tan descalabrados, que ya vemos por nuestros ojos, y ha visto y ve todo el mundo, el estado miserable en que han quedado; no han podido sanar, ni incluso volver en sí en tantos siglos.

Lo que podemos vislumbrar hoy en día respecto del pueblo deicida, sería un signo más de que nos acercamos al fin de los últimos tiempos…

***

A continuación, los gentiles hostigaron con el mismo empeño, armados con toda la potencia de los Césares; y habiendo golpeado a la piedra escogida en diferentes tiempos, y cada vez con nuevo furor, nada consiguieron al fin, sino hacerse pedazos ellos mismos, y servir, sin saberlo, a la construcción de la obra, labrando millares de piedras, para que creciese más pronto y más firme.

Y desde entonces hasta ahora, ¿qué máquinas no se han imaginado y puesto en movimiento para vencer la dureza de esta piedra? Tantas cuantas han sido las herejías, cismas y apostasías.

¡Con qué empeño, con qué obstinación, con qué violencia, con qué artificios, con qué fraudes han trabajado tantos para arruinar lo que ya está edificado sobre piedra tan sólida!

Pero todo en vano. No han sacado otro fruto de su trabajo, que el que se lee en el Profeta Jeremías (9: 5): trabajaron para proceder injustamente, y la piedra ha quedado incorrupta e inmóvil como el edificio que sustenta, por más que haya sido reducido a dimensiones familiares e incluso individuales…

Y no obstante la experiencia de tantos siglos, piensan todavía algunos, que se dan a sí mismos el nombre bien impropio de espíritus fuertes, que bastará su filosofía y su coraje para salir con la empresa…

Veremos al fin en lo que termina su coraje y su filosofía, pues “el que cayere sobre esta piedra será quebrantado”.

El profeta Isaías, hablando del Mesías en su Primera Venida, dice: la caña cascada no la quebrará, y la torcida que humea no la apagará. Expresiones admirables y muy apropiadas para explicar el modo pacífico, amistoso, modesto y cortés con que vino al mundo, con que vivió entre los hombres, y con que hasta ahora se ha portado con todos, sin hacer violencia a ninguno, sin quitar a ninguno lo que es suyo, y sin entrometerse en otra cosa que en procurar hacer todo el bien posible a cualquiera que quiera recibirlo, sufriendo al mismo tiempo con profundo silencio, y con infinita paciencia, descortesías, ingratitudes, injurias y persecuciones.

Pero llegará tiempo, y llegará infaliblemente, en que esta misma piedra, llenas ya las medidas del sufrimiento y del silencio, baje por Segunda vez con el mayor estruendo, espanto y rigor imaginable, y se encamine directamente hacia los pies de la grande estatua.

Entonces se cumplirá con toda plenitud la segunda parte de aquella sentencia: sobre quien esta piedra cayere, lo desmenuzará…

Y entonces se cumplirá del mismo modo la segunda parte de la Profecía de Daniel: cuando sin mano alguna se desgajó del monte una piedra, e hirió a la estatua en sus pies de hierro, y de barro, y los desmenuzó, etc.

No tenemos, pues, razón alguna para confundir un misterio con otro, una venida con otra.

Aunque la piedra en sí misma es una sola, esto es, Cristo Jesús, las venidas o caídas a esta nuestra tierra son ciertamente dos; y muy diversas entre sí; y tan de fe divina la una como la otra.

Por lo tanto, lo que no se verificó, ni pudo verificarse en la primera venida, se verificará infaliblemente en la segunda:

Mas en los días de aquellos reinos, el Dios del cielo levantará un reino, que no será jamás destruido, y este reino no pasará a otro pueblo; sino que quebrantará y acabará todos estos reinos, y él mismo subsistirá para siempre.

+ + +

Y aquí debemos reflexionar: la verdadera Iglesia, al presente, ¿es realmente aquel reino del que habla el Profeta Daniel?

Repasemos los términos y los conceptos…

La verdadera Iglesia, al presente, ¿es en realidad aquel reino célebre que ha arruinado, desmenuzado, convertido en polvo y consumido enteramente todos los reinos figurados en la estatua, en los dedos de sus pies?

Para ayudar a nuestra reflexión, comparemos las palabras que se dicen de la piedra, cuando baje del monte, que quebrantará y acabará todos los reinos; con aquel estrago de que habla San Pablo escribiendo a los Corintios (I, 15: 24-28):

“Después el fin, cuando Él entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya derribado todo principado y toda potestad y todo poder. Porque es necesario que Él reine “hasta que ponga a todos los enemigos bajo sus pies”. El último enemigo destruido será la muerte. Porque “todas las cosas las sometió bajo sus pies”. Y cuando le hayan sido sometidos todas las cosas, entonces el mismo Hijo también se someterá al que le sometió todas las cosas, para que Dios sea todo en todo”.

Vemos, pues, un mismo suceso anunciado con diversas palabras, sea por el Profeta Daniel, sea por el Apóstol San Pablo.

Todo esto, y muchas más cosas que sobre esto hay en las Sagradas Escrituras, es necesario que se verifique algún día, pues hasta el día de hoy no se ha verificado, y es necesario que se verifique, cuando la piedra baje del monte; pues para entonces están todas manifiestamente anunciadas.

Entonces, y sólo entonces, deberá comenzar otro nuevo reino sobre toda la tierra, absolutamente diverso de todos cuantos hemos visto hasta aquí, el cual reino lo formará la misma piedra que ha de destruir y consumir toda la estatua: la piedra que había herido la estatua, se hizo un grande monte, e hinchió toda la tierra.

A lo que alude visiblemente San Pablo cuando añade después de la destrucción de todo principado, potestad y virtud: “Es necesario que Él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies”.

El Salmo 109 ya lo había proclamado: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies.”

Este Salmo goza del privilegio de haber sido interpretado por Jesús mismo. Después de señalar allí como autor a David, el Señor prueba con él a los judíos la divinidad de su Persona.

Prueba también que el Padre le reservaba el asiento a su diestra glorificándolo como Hombre y destaca sus derechos como Mesías Rey, que Israel desconoció cuando Él vino y “los suyos no lo recibieron”.

Estos derechos los ejercerá cuando el Padre ponga a todos sus enemigos bajo sus pies para “reunirlo todo en Cristo, las cosas del cielo y las de la tierra” y someterlo todo a Él, en el día de su glorificación final, porque, como dice San Pablo a los Hebreos, “al presente no vemos todavía sujetas a Él todas las cosas”.

No hay pasaje del Antiguo Testamento que sea tan citado en el Nuevo como este Salmo; y San Pablo no se cansa de citarlo como mesiánico, porque el Mesías es aquí proclamado Hijo de Dios, Rey futuro y Sacerdote para siempre.

Sentarlo a su diestra como Hombre, equivale a otorgar a su Humanidad santísima la misma gloria que como Verbo tiene eternamente y que Él había pedido antes de la Pasión.

Hasta que Yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies, esto es, hasta que llegue la hora en que el Padre se disponga a decretar el triunfo definitivo del divino Hijo, que en su primera venida fue humillado. Equivale al otro artículo del Credo, según el cual, desde la diestra del Padre, “vendrá otra vez, con gloria, a juzgar a vivos y a muertos y su reinado no tendrá fin”.

+ + +

Desde Nabucodonosor hasta el día de hoy, se ha venido verificando, puntualmente, lo que comprende y anuncia la antiquísima Profecía de Daniel.

Todo el mundo ha visto las grandes revoluciones que se han sucedido para que la estatua se formase y se completase desde la cabeza hasta los pies. Lo formal de la estatua, es decir, el imperio y la dominación, que primero estuvo en la cabeza, ha ido bajando a la vista de todos, por medio de grandes revoluciones, de la cabeza al pecho y brazos; del pecho y brazos al vientre y muslos; del vientre y muslos a las piernas, pies y dedos, donde actualmente se halla.

No falta ya sino la última época que nos anuncia esta misma Profecía, con la cual concuerdan perfectamente otras muchísimas de las Sagradas Escrituras.

Los fieles de Cristo deben desear en esta vida, y deben clamar día y noche con el Profeta Isaías (64: 1-2):

“¡Oh, si rasgaras los cielos y bajaras! A tu presencia se derretirían los montes, cual fuego que enciende la leña seca, cual fuego que hace hervir el agua, para manifestar a tus enemigos tu Nombre, y hacer temblar ante Ti a los gentiles”.

A estos fieles se les dice en el Salmo segundo: Cuando en breve se enardeciere su ira, bienaventurados todos los que confían en Él.

A estos fieles se les dice en el Evangelio: Entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre una nube con gran poder y majestad. Cuando comenzaren pues a cumplirse estas cosas, mirad, y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención.

A estos fieles, en fin, les dice San Pablo: Esperamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, el cual reformará nuestro cuerpo abatido, para hacerlo conforme a su cuerpo glorioso, según la operación con que también puede sujetar a sí todas las cosas.

Estos fieles, pues, nada tienen que temer, deben arrojar fuera de sí todo temor, y dejarlo para los enemigos de Cristo, a quienes compete únicamente temer, porque contra ellos viene.

Dichosos mil veces los que la creyeren; dichosos los que le dieren la atención y consideración que pide un negocio tan grave; ellos procurarán ponerse a cubierto, ellos se guardarán del golpe de la piedra, ciertos y seguros que nada tienen que temer los amigos; pues sólo están amenazados los enemigos.

Las Profecías no dejarán de verificarse porque no se crean, ni porque se haga poco caso de ellas…; todo lo contrario…; por eso mismo se verificarán con toda plenitud.

Por todo esto, a estos fieles se les dice en el Apocalipsis: Y el Espíritu, y la Esposa dicen: Ven.

Y el que lo oye diga: Ven.

Ven, Señor Jesús, Rey de reyes y Señor de los señores.

Ven a establecer tu Reino…

Nota de TD: Los destacados en negrita son nuestros.

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