Religión

Esto es el matrimonio

La desnaturalización privada e individual del matrimonio es una de las lacras más corrosivas del fin a que Dios le destinó.

Impuso Dios a la unión natural del hombre y de la mujer las notas de unidad e indisolubilidad en el vínculo conyugal, para asegurar la procreación digna. Santificó Jesucristo esta unión conyugal, elevándola a Sacramento, que proporcionara con la gracia sacramental todas las ayudas que fueran necesarias para que los esposos pudieran cumplir con los deberes de su elevada misión.

Pero, además, Dios quiso poner alicientes naturales que estimularan a la aceptación tanto de las cargas de la paternidad y maternidad, como de los molestos cuidados inherentes a la manutención y educación física, intelectual y moral de los hijos.

Ordenó Dios que en la vida conyugal existiesen atractivos somático-psíquicos, que, con sus contenidos agradables sensitivo-afectivos, fuesen incentivos que inclinasen a la aceptación de los fines impuestos.

De donde se sigue que el uso de esos estímulos y alicientes, fuera del fin asignado por Dios, es una distorsión del plan divino.

Fuera del deber conyugal en el legítimo matrimonio, están gravemente prohibidos el uso y la aceptación de los atractivos sensitivo-afectivos que le están vinculados. Y tanto más prohibidos por Dios, cuanto más se use de ellos contra la naturaleza.

Dios los concedió ligados a un fin elevadísimo, un fin necesario, el de la conservación de la especie. Y quedarse el hombre con el placer e impedir la generación a la que está ordenado por Dios, es trastocar este plan sapientísimo del Creador.

Poner obstáculos voluntarios que vicien el acto conyugal para evitar con toda diligencia la prole, eso es lo que constituye el gravísimo pecado de rebelarse el hombre contra Dios y sus leyes, al impedir el fin primordial a que Dios destinó el matrimonio.

El viciar voluntariamente la naturaleza del acto conyugal, eso es injuriar gravemente al Creador, que concedió para engendrar la vida todo cuanto es inherente al proceso generador.

Y viene el hombre y esteriliza eso mismo que fue destinado a ser fuente de la vida. ¡Cegar las fuentes mismas de la vida! ¡Tremenda violación del fin primario del matrimonio! Este es el gran pecado de la actual vida matrimonial. Se viola y se desarticula el plan de Dios con todas las prácticas anticoncepcionistas y con todas las distintas inmoralidades del onanismo.

Muy distinto es el caso en que, sin la intervención humana libre y voluntaria, no se sigue la gestación de un nuevo hombre. Ninguna culpa es imputable a los esposos aquí, “pues hay, tanto en el mismo matrimonio, como en el uso del derecho matrimonial, fines secundarios, verbigracia, el auxilio mutuo, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia, cuya consecución en manera alguna está vedada a los esposos, siempre que quede a salvo la naturaleza intrínseca de aquel acto y, por ende, su subordinación al fin primario”. Así se expresa Pío XI en la Encíclica sobre el matrimonio cristiano, Casti connubii.

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