Religión

Esto es el matrimonio

El divorcio atenta contra los fines del matrimonio; destruye el matrimonio y la familia; cuartea los cimientos de la sociedad.

El fin primario del matrimonio, la procreación y educación de la prole hasta la edad perfecta, queda hecho añicos por el divorcio.

Nace de la esencia del divorcio, que atiende al refinamiento egoísta del placer de los contrayentes, el secar las fuentes de la vida. El divorcio es esterilizador.

¿Para qué engendrar, si la prole concebida no trae sino cuidados, responsabilidades, gravámenes económicos, ataduras opresoras…, que impiden el gozar sin estorbos del placer egoísta de la vida? Es una regla: disminuye la natalidad donde crece el divorcio.

¡Qué contraste! ¡El matrimonio instituido por Dios para el bien de la prole, con su nacimiento digno y su educación integral, y el divorcio demoliendo este fin primario del matrimonio!

¡Arrasar la familia, raer todo pudor y delicadeza de instinto materno en la mujer, reducir la paternidad al acto fisiológico estéril!

¿Se podrá hacer que viva la sociedad a la que se le han arrancado de cuajo los instintos fundamentales en el hombre, y se la ha dislocado del plan impuesto por Dios?

La posibilidad del divorcio despierta el deseo de realizarlo. ¿Cómo? Los amores puros y nobles se enfrían; luego se hielan; se aviva la lujuria; se encabrita la pasión, que ve posibles nuevos objetos que la sacien; entra en el hogar el nerviosismo y la intranquilidad; se hiperestesia la sensibilidad para las causas legales del divorcio; se las busca, se las pone de propósito, se las amplía.

Primero sólo será causa de divorcio el adulterio, luego el atentado contra la vida del cónyuge, luego las injurias, luego las antipatías, luego… el hastío, luego… el amor libre, sin otra norma que el capricho de la pasión y la posibilidad de saciarla.

El divorcio desemboca fatalmente en la poliandria sucesiva para la mujer, y en la poligamia sucesiva para el hombre; eufemismos que encubren las realidades de la prostitución y del harén

Y tal es el torrente avasallador del divorcio, que se ha llegado a la industrialización y tráfico del mismo.

Industrializarlo, cotizarlo, negociar con el divorcio. Anuncios con reclamo de divorcios, agencias de divorcio y abogados especializados en el divorcio. Cuestión de dinero. Se paga la cuota, y todo corre a cargo de los industrializadores del divorcio. El presentar la demanda, el justificar los motivos, el obtener la sentencia.

¡Pensar que se ha llevado la negociación con el vínculo conyugal a los mismos tribunales eclesiásticos!… Claro está que encubierto por el nombre de “declaración de nulidad”, por motivos que no sólo no la prueban, sino que ni siquiera justificarían la separación.

No hay nada más que un enorme sacrilegio, en el que han intervenido personas sacrílegamente criminales, que se han atrevido a traficar con el Sacramento.

Declamaciones sentimentalistas, ridiculeces filosóficas y sacrílegas componendas han querido corregir la plana a Dios y enmendar la doctrina de Jesucristo.

Clara y serenamente, con la elevación y profundidad de su entendimiento angélico, escribía Santo Tomás: El matrimonio, en razón de su fin principal, que es el nacimiento de la prole, está ordenado principalmente al bien común, aunque en razón de su fin secundario sea ordenado también al bien de los esposos, en cuanto el matrimonio es para el remedio de la concupiscencia. Por eso, en las leyes del matrimonio se atiende más bien a lo que conviene a todos que a lo que conviene a uno solo. Así que cuando la indisolubilidad del matrimonio impidiese, en un caso particular, el bien de la prole (por ejemplo, en caso de relativa esterilidad), de suyo lo protege, sin embargo, comúnmente”.

El pretendido e hipotético arreglo del caso particular, lleva intrínsecamente la ruina y desquiciamiento de toda la institución matrimonial y familiar.

Y es que se ha sustituido la Moral de Jesucristo, por el principio destructor de toda moralidad. La Doctrina de Jesucristo sobre el matrimonio, cimentada en los deberes conyugales para el bien de la prole y de la sociedad, se ha sustituido por la de la saciedad del egoísmo como norma única de moralidad.

Se ha propalado: “cesa el deber, cuando origina incomodidad”“no hay obligaciones, cuando exigen sacrificios”“la ley desaparece, en cuanto es penoso su cumplimiento”; y de estas premisas no han podido deducir más que esta consecuencia: “la ley de toda moral es el propio placer”.

Con esta ley se comprenden las infidelidades conyugales, la violación de los contratos, la relajación de todo lazo que exija vencimiento y sacrificio a la comparte; se comprende, en una palabra, que se conculquen todos los fines secundarios del matrimonio.

Y lo gravísimo en el divorcio admitido no es ya la violación individual del vínculo matrimonial, sino la violación social y pública de la doctrina de Jesucristo referente al matrimonio.

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