Religión

Pastores asalariados

por  Marcel Flavius – presbyter
en Desde mi campanario

Sermón del Domingo del Buen Pastor

Jn 10, 11-16

En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.

Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas.

Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas.

También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor.

I. Este Domingo se designa con el nombre popular de Domingo del Buen Pastor por leerse en la Misa el trozo del evangelio de san Juan, en que Nuestro Señor se da a sí mismo este título (Jn 10, 11-16). Este texto se lee en el tiempo litúrgico de Pascua porque fue en estos días cuando Jesucristo estableció y consolidó su Iglesia y comenzó por darle el pastor que debía gobernarla hasta la consumación de los siglos.

En efecto, como enseña Santo Tomás (S Th III q.57 a.1), aunque los fieles se hayan visto privados de la presencia corporal de Cristo, sin embargo, la presencia de su divinidad es permanente entre los fieles, según lo que dijo Él mismo: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que Yo con vosotros estoy todos los días, hasta la consumación del siglo» (Mt 28, 19-20).

Enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado: Las enseñanzas de Jesús fueron completadas, según lo anunciara Él mismo (cf. Jn. 16, 13), por el Espíritu Santo, que inspiró a los apóstoles los demás Libros sagrados que hoy forman el Nuevo Testamento. De esta manera, según se admite unánimemente (cf. 1 Tm. 6, 3 y 20), la Revelación divina quedó cerrada con la última palabra del Apocalipsis. «Erraría, pues, quien supusiese que ésta (la jerarquía) estuviera llamada a crear o enseñar verdades nuevas, que no hubiere recibido de los apóstoles, sea por la tradición escrita en la Biblia, sea por tradición oral de los mismos apóstoles». Se entiende así cómo la Jerarquía eclesiástica no es, ni pretende ser, una nueva fuente de verdades reveladas, sino una predicadora de las antiguas, según aquí ordena Cristo, su misión  es guardar fielmente el depósito, de modo que no se disminuya ni se aumente (Mons. Straubinger in loc.cit.).

II. Ahora bien, tanto la predicación de Jesús como las profecías y las enseñanzas de los apóstoles no son expuestas con fidelidad cuando, a la persona del Buen Pastor, prolongada en la obra de los buenos pastores según el Corazón de Cristo, no se contrapone la contra-figura del pastor mercenario. San Pablo (Hch 20, 29ss) alude a la advertencia de Jesús (Mt 7, 15ss) sobre los «lobos con piel de oveja», es decir, que están dentro del rebaño (v.30) y se disfrazan de Cristo (2Co 11, 12ss), «teniendo apariencia de piedad» (2Tm 3, 5). Y el mal se acentuará «en los últimos días» (2 Tim 3, 1-9).

Apóstrofes similares y aún más duros contra los malos profetas y pastores leemos en otros lugares del Antiguo y del Nuevo Testamento. Las citas podrían multiplicarse (Zac 11, 15ss; 2 Pe 2, 1-22).

El discurso religioso dominante que hoy llega a nuestros oídos lleva fácilmente a comprobar que tienen pleno cumplimiento en el pastor asalariado que describe Jesús en el Evangelio:

  • Se nos quiere hacer creer que el Espíritu Santo no obra sólo en la Iglesia católica, sino también en las demás religiones, presentadas incluso como «medios de salvación».
  • Se enseñan directamente nuevas “verdades”: la libertad religiosa, el ecumenismo, la salvación fuera de la Iglesia católica. Es un “espíritu” de innovación total y radical, que todo lo ha hecho nuevo: nuevo catecismo, nueva liturgia, nuevo derecho canónico, nueva evangelización, nueva moral, nuevo todo… Como decía un conocido teólogo: «El problema en los años 60 era el de asumir los mejores valores expresados en dos siglos de cultura “liberal”. Hay valores, en efecto, que, si bien nacidos fuera de la Iglesia, pueden encontrar su lugar -una vez deparados y corregidos- en su visión del mundo. Esto ha sido hecho ya».

En esta situación hay que poner en práctica el mandato de Cristo: «Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces» (Mt 7, 15), esto es, absteneos de toda comunicación con ellos, no andéis en su compañía, no los recibáis, no los escuchéis… cerrar los oídos… y fidelidad enérgica a la doctrina católica. Además:

  • Hemos de pedir al Espíritu Santo que nos mantenga fieles a la verdad que siempre enseñó la Iglesia, sin alteración. Él es el Espíritu de la Verdad: que Él nos ilumine.
  • Hemos de pedirle que, como a los Apóstoles, nos centre en la persona de Nuestro Señor Jesucristo; que nos lo dé a conocer, nos lo haga amar e imitar, nos transforme en Él.
  • Hemos de pedirle también que nos santifique por los medios que nos dejó Nuestro Señor Jesucristo: su gracia, sus dones, sus sacramentos.

«El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego» (Mt 7, 19). Así lo hará Dios con los miserables sembradores de falsas doctrinas. Pero esta sentencia se aplicará a todo cristiano que no dé frutos, que no haga obras buenas.

Se requieren obras de caridad, pureza de corazón, la victoria sobre las pasiones; en una palabra la vida cristiana. Sin ésta todo lo demás es barniz y apariencia, paja que se lleva el viento y follaje lozano, que no librará de la condenación del fuego eterno al árbol que con él se cubre (Mons. Bonomelli).

En nuestra fidelidad y amor a la Santa Iglesia Católica, y a todo lo que ella significa; estaremos seguros de contar con la presencia del Espíritu Santo para que lleguemos así un día a la visión de Dios en el Cielo: y que ese sea el fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.

Nota de TD: Las negritas son añadido nuestro.

 

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